El desafío de «resistir» a las malezas resistentes

Escrito por Florencia Sambito - Maleza Cero. Posteado en Novedades

En la última década, la aparición de especies no deseadas que toleran a los herbicidas obliga a replantear qué sembrar y a volver a la labranza, la rotación y los cultivos de cobertura.

Desde hace aproximadamente una década, la agricultura en la Provincia de San Luis ha tenido que enfrentar un nuevo fenómeno que obliga a repensar la forma en que se hacen los cultivos: la aparición de malezas resistentes o tolerantes a los herbicidas. En la última campaña gruesa, la emergencia de estas especies se vio potenciada y constituye un desafío más para los productores locales a la hora de planificar sus siembras. ¿Cómo combatir las especies no deseadas si el control químico es insuficiente?

Entre las múltiples causas que los investigadores y analistas describen para explicar el fenómeno, hay una que aparece con frecuencia. La simplificación de los sistemas productivos que significó el cambio de la labranza del suelo por la siembra directa modificó radicalmente la agricultura, la hizo mucho más eficiente y económica pero trajo aparejado un efecto colateral: en muchos casos, el cuidado de los lotes se redujo a solamente a la aplicación de productos químicos.

Hay una cifra que explica claramente ese paradigma. Entre 1990 y 2008, más de 450.000 hectáreas de pastizales pampeanos semiáridos fueron reemplazados por cultivos, en su mayoría estivales y durante mucho tiempo sin la conciencia de la necesidad de las buenas prácticas agrícolas.

De un tiempo a esta parte, la realidad de los terrenos y las plantaciones obliga a hacer el proceso inverso. Una serie de estrategias que habían dejado de realizarse, reaparecen como un medicamento necesario para aliviar la expansión de los males del suelo. Entre ellas se destacan la rotación de cultivos, la cobertura y el regreso a la labranza tradicional en lugar de la difundida siembra directa.

Jorge Garay es uno de los investigadores que integra el grupo de Producción Agrícola del INTA San Luis, en el que se abocan específicamente al estudio de las malezas en la provincia y las diferentes formas de controlarlas. Con la información que recabó su equipo y los datos que aportaron asesores de diferentes partes de la geografía puntana, desde hace algunos años empezaron a percibir cómo aparecían especies que se rebelaban al ataque de los productos aplicados. En la mayoría de los casos comenzaron a notar pequeños manchones que teñían los cultivos, pero con el paso del tiempo se multiplicaron y se extendieron hasta tomar grandes porciones de la superficie sembrada.

En la provincia, aseguró el investigador, las especies más problemáticas son prácticamente las mismas que afectan al área productiva de Córdoba, Buenos Aries, Santa Fe y La Pampa. Sin dudas es el “yuyo colorado”, de nombre científico Amaranthus Palmieri, el gran enemigo de las cosechas en esta región por su gran velocidad de multiplicación.

“Este año hemos visto que se ha expandido por todos lados, algo que ya se avizoraba que podía suceder. Es una especie dioica, es decir que una planta tiene el pie masculino y otra la flor femenina. Por eso, cada ejemplar tiene la capacidad de producir hasta 500.000 semillas. Si no se toman los recaudos necesarios, un pequeño plantín al año siguiente puede tomar la mitad del lote”, explicó.

En la última campaña gruesa, las condiciones climáticas fueron bastante variables en las diferentes regiones productivas del territorio puntano. Una gran parte de los departamentos Pedernera y Vicente Dupuy estuvo marcada por temperaturas extremas, que pasaron de calores intensos a heladas tempranas, la caída de varios episodios de granizo y, fundamentalmente, una sequía muy pronunciada. Mientras que en otras zonas, como en los alrededores de la ciudad de San Luis y en el Valle del Conlara, los registros fueron similares pero mucho más leves.

Como es nativa de zonas muy cálidas y secas (es originaria de la región de Texas, en Estados Unidos, y se fue acondicionando a diferentes partes del mundo), al yuyo colorado le favorece que haya sequía, «porque ante la falta de humedad los cultivos no se desarrollan, pero la maleza sí. Está adaptada para crecer con temperaturas de hasta 45 grados centígrados, entonces tenemos poco rendimiento del maíz o la soja y el Amaranthus aprovecha a expandirse”, expuso Garay.

No sucede lo mismo con otras breñas que al igual que la mayoría de los cultivos requieren de humedad para crecer y desarrollarse.

Según un estudio del INTA de Tandil, el “yuyo colorado” fue la primera maleza declarada resistente a los herbicidas en Argentina, en 1996. La llegada de la soja tolerante al glifosato generalizó rápidamente su control y el biotipo dejó de ser un problema. Ahora con ese producto ya no alcanza y a la especie se le sumaron otra lista de malezas, como rama negra, cortadera chica, flor de Santa Lucía, roseta, gramilla resistente, pata de ganso y sorgo de Alepo, entre otras.

La Red de Conocimiento en Malezas Resistentes (REM) publicó datos sobre que durante 2017 hubo en San Luis al menos 791.691 hectáreas afectadas por yuyo colorado, la gramilla resistente (Chlorideas) y el sorgo de Alepo (Sorghum halepense) y afirma que el 80% del área agrícola provincial fue tomada por esas tres clases. La investigación no incluyó a la rama negra (Conyza spp.) porque estiman que su expansión se encuentra en torno al 100% del territorio nacional y es la más abundante y problemática. Pero sí suma a otras tres especies nocivas: Echinochloa colona (capín), Eleusine indica (pie de gallina) y Lolium spp (raigrás), aunque ninguna de las tres fue detectada en la provincia de San Luis.

El estudio está realizado con una metodología que recaba información de todo el país y calcula el porcentaje de los lotes sobre los que se aplicaron herbicidas o sobre los que se debería haber colocado. Así, registraron la información de 200 partidos y departamentos de las diez provincias argentinas con mayor superficie de agricultura extensiva (Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Chaco, Santa Fe, Entre Ríos, Córdoba, San Luis, La Pampa y Buenos Aires), y se hizo a través de consultas a varios técnicos de cada uno de estos lugares. Al menos tres profesionales de cada distrito aportaron datos que luego se promediaron para obtener el porcentaje de la superficie agrícola afectada.

En el territorio argentino, el yuyo colorado está presente en más de 13 millones de hectáreas, lo que representa el 46% de la superficie que mapearon. Le siguen la gramilla con 8 millones de hectáreas, el sorgo de Alepo cubre algo más de 5 millones de hectáreas, al igual que el pie de gallina. En todas estas especies, Córdoba es la provincia con más terreno afectado.

El capín ocupa 4,5 millones de hectáreas en el país, y predomina en Santa Fe y Entre Ríos. Por último, el raigrás tiene influencia en dos millones, de las que un 75% pertenecen a Buenos Aires.

Hacia un manejo integral

Para Garay, uno de los motores que propulsó la aparición de malezas resistentes es la simplificación de la producción agropecuaria que se ha dado en la mayor parte del área agrícola puntana y de todo el país. “Se hace rotación de cultivos anuales sin incorporar pasturas, que son las que realmente aportan beneficio para el suelo y el sistema. Vivimos ante una demanda de rentabilidad constante y muchas veces hacemos soja sobre soja, de manera extrema, sin siquiera incorporar una gramínea como el maíz o el sorgo. Cuando ocurre esto, uno de los tantos problemas que trae aparejado es la gran presión que se ejerce sobre el sistema aplicando únicamente glifosato. Eso hace que haya poblaciones que empiezan a resistir ese herbicida y llega un momento en el que no les provoca ningún daño ni efecto”, explicó el agrónomo.

Por eso, en los últimos años cobró nuevamente valor el manejo integrado de malezas, una forma de incorporar buenas prácticas agrícolas que ayuden a retener la emergencia de las especies no deseadas, sin depender exclusivamente de la utilización de herbicidas. No son recetas mágicas y sus resultados se pueden apreciar recién en el mediano y largo plazo, pero en muchos ensayos y experiencias a lo largo y ancho del país, han demostrado una influencia potente en la reducción de las poblaciones problema. Entre las estrategias más comunes aparecen la rotación y la inclusión de cultivos de cobertura entre campaña y campaña.

Cuando en los campos predomina el monocultivo, los suelos padecen varias consecuencias que terminan por afectar su rendimiento. Al quedar desnudos en el período que hay entre una cosecha y la siguiente siembra, se incrementan los riesgos de voladuras y erosión.

Pero al mismo tiempo, los lotes pierden capacidad de filtrar y aprovechar el agua disponible, que empieza a colmar la napa, a ascender a la superficie y a escurrirse. En esa acción, se lleva consigo los pocos rastrojos que pueden existir, sedimentos muy ricos en materia orgánica, nitrógeno, fósforo y otros nutrientes esenciales para la producción agrícola.

Por lo tanto, una de las recomendaciones de los especialistas es alternar la especie sembrada en cada temporada, puesto que cada planta tiene requerimientos nutricionales diferentes y el suelo tiene más tiempo para recuperar aquello que ha perdido.

Pero también se vuelve necesario incorporar verdeos antes de levantar la cosecha, que funcionen como un escudo para el terreno ante el impacto de la lluvia o del viento, aporten raíces y rastrojos, y le den uso fructífero al agua que cae de las precipitaciones o la que está disponible en el perfil.

Entre esos y muchos otros beneficios que tienen los llamados cultivos de cobertura, también cumplen un rol importante en el control de malezas porque «compiten por los mismos factores que son escasos como el agua, la luz y los nutrientes», explicó Garay.

Además, al generar hoja y materia verde, impiden que la luz ingrese hasta la profundidad del suelo y evita que las semillas de las especies no deseadas se desarrollen. «Por ejemplo, el centeno es un excelente cultivo de cobertura para el control de malezas de otoño, de invierno y de primavera. Nos está dando excelentes resultados con yuyo colorado y rama negra. Dentro del centeno hay diferentes variedades con distintos comportamientos, algunas tienen mejor eficacia que otras porque producen más materia seca, más biomasa. También realizamos pruebas con avena, triticale o cebada», contó.

Otra de las grandes tendencias en el afán de combatir las malezas es el regreso a la labranza, una forma de preparar el terreno para la siembra que había quedado en el olvido ante las conveniencias que trajo la siembra directa. “Desde 1996, con la aparición de la soja resistente prácticamente no había más labranza. Pero ahora, como sucedió en Estados Unidos, vamos a tener que volver a hacer donde se pueda. Por supuesto que no vamos a poder incorporarla al sudoeste, donde los suelos son muy arenosos. Pero en los lugares donde no haya riesgos de voladuras y el suelo lo permita, tener la labranza va a ayudar a eliminar el banco de semillas del yuyo colorado”, dijo.

Es que al remover la tierra, las semillas quedan enterradas unos diez centímetros y ya no germinan porque su desarrollo es bueno en superficie pero no en profundidad.

Otra estrategia que está en prueba es el achicamiento en la distancia de surcos en maíz o soja, para hacer una especie de pantalla o paraguas que evite que ingrese la luz hacia el suelo, que es lo que necesita la maleza para crecer “Es la famosa señal luminosa que necesita esa semilla para romper dormición y germinar. Al achicar la lejanía entre los surcos al máximo que la sembradora lo permita, les quitamos esa luminosidad”, contó.

Además, el especialista aconsejó que la limpieza de las máquinas cosechadoras cuando entran y salen de los campos es fundamental para impedir que las especies se expandan por los establecimientos y las diferentes localidades. Cuando se cosechan los manchones de este tipo de malezas, las semillas quedan incorporadas y las máquinas las llevan por toda la región. «Esto ocurrió en la campaña de 2012, cuando el yuyo colorado se trasladó con los tractores hasta la provincia de Salta desde Córdoba, porque no se conocía bien y no se tomaban recaudos», recordó el agrónomo.

Garay contó que para implementar nuevas estrategias realizan ensayos y prácticas en pequeñas superficies en la experimental y en establecimientos privados. Si los resultados son los esperados, publican los procedimientos y les aconsejan a los productores que también los prueben en sectores chicos de sus tierras hasta comprobar que son útiles para sus campos.

Pero más allá de las diferentes prácticas que los especialistas aconsejan a los productores, la aparición de cada vez más malezas resistentes pone de relieve la importancia del monitoreo, «una palabra que ha vuelto a ser clave en estos tiempos», calificó el investigador.

“Hay que estar encima de los lotes haciendo monitoreo, que es lo que se dejó de hacer porque con la simplificación del uso del glifosato directamente por teléfono se pedía que se apliquen tantos litros y listo, no había problemas. Ahora antes, durante y después de la cosecha tenemos que estar sobre el terreno viendo qué especies hay y cuáles pueden generar algún inconveniente a la producción», cerró.

Fuente | El Diario de la República

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